Monedas

Monedas

                                                                                                                             A Juan Pablo.

Prolijo curador de las

experiencias de los 4A.

A Carlos le preocupan pocas cosas. Entre esas pocas cosas, una de ellas alguna vez no estuvo siquiera en su lista de preocupaciones. Pero en los últimos tiempos fue ganando posiciones de una manera vertiginosa hasta ubicarse a la par de las que más le preocupan: la desaparición de las calles de tierra. En la época en la que la democracia retornó como un Renacimiento local luego de  un oscurantismo medieval, Carlos tenía esa edad en la que no se es ni un niño ni un adolescente, y recorría su barrio con el único propósito de explorar las calles de tierra. A veces solo y otras acompañado por Víctor. Los dos compartían la edad, el barrio, el colegio y el grado. No así la altura, el color del pelo ni el tono de voz. Juntos caminaban horas en silencio, con la cabeza apuntando hacia el suelo buscando algo. Cualquier cosa. Porque en las calles de tierra se podían encontrar cosas: tornillos, clavos, tuercas, anillos, medallas, piezas de metal que formaban parte de alguna máquina, alambre y lo más habitual eran las chapas en forma de “I” y “E” de los transformadores de corriente desarmados por los buscadores de cobre. Pero sin dudas el objeto más común, pero también el más preciado para personas como Carlos y Víctor, eran las monedas.

Todavía en los ochenta se podían encontrar monedas de la década del cincuenta, cuarenta, treinta y hasta del veinte. Sin dudas era lo más parecido a encontrar un tesoro que a diferencia de los otros no se encontraba enterrado para esconderlo de la vista de las personas: se encontraba disfrazado de mugre entre medio de las piedras y la escoria de las calles de tierra. Ahí, en la superficie. Solo hacía falta ser curioso y perseverante y remover la mugre con la punta de la zapatilla gastada. Hoy sería impensado encontrarse en una calle asfaltada una moneda tirada que no sea vigente. Como si hasta los rastros materiales que nos daban cuenta del pasado se hubieran digitalizado y desaparecido del mundo palpable.

Como un destino inevitable, esos descubrimientos llevaron a los amigos a convertirse en pequeños expertos y, enseguida, como una obligación inherente a su incipiente conocimiento, en coleccionistas. Precarios, precoces, improvisados, pero coleccionistas al fin. La información disponible era entre escasa y nula. Por lo tanto, al encontrarse con cada vez más monedas fruto de sus incursiones pedestres, tuvieron que establecer sus propias reglas para clasificarlas. Las monedas se almacenaban, por todo concepto, es decir, para su guardado, transporte, exhibición y cualquier otra necesidad de contención, en frascos de vidrio. Para la contabilización y comparación con la tenencia del otro, se desplegaban o bien sobre la cama de uno de los dos amigos o bien en el piso. Las veces que quisieron hacerlo sobre una mesa, las madres, indistintamente la de uno o la de otro, los corrió a los gritos alegando que “esas porquerías vaya uno a saber dónde carajos estuvieron tiradas y las pestes que deben tener”. Una vez acomodadas las monedas, descubrieron que algunas estaban hechas del mismo material y, por lo tanto, lucían el mismo color y hasta el mismo diseño artístico que las adornaba. Solo diferían en tamaño y en valor monetario. Finalmente concluyeron que aquellas que guardaban una secuencia lógica de valores, estaban hechas de un material similar y los diseños se relacionaban, también tenían una fecha de acuñado muy cercana: todo ese conjunto conformaba una serie. Lo que no podían saber de ningún modo era como se componía cada serie de monedas, es decir, cuantos valores diferentes pertenecían a una determinada serie. Esta incógnita, que no podían develar por no poseer ningún tratado de numismática al alcance de su mano o de su pequeño universo juvenil que no iba más allá de la distancia que podían recorrer en bicicleta ida y vuelta antes de que se hiciera demasiado de noche, no era tal sino más bien era el combustible que alimentaba sus largas caminatas a la deriva por su propio barrio y los limítrofes, como si fueran expedicionarios en carabelas que se aventuraban sin mapas en busca de nuevas calles de tierra, inexploradas. Su sed de oro era descubrir qué monedas, desconocidas para ellos, encontrarían y completarían las series imperfectas. Como no podían saber qué tan extensa llegaba a ser una serie, su obligación y deseo —obligación para completar la serie y deseo de ser el primero en completarla— era el de caminar esas calles polvorientas hasta el hartazgo para encontrar tantas monedas como pudieran.

Carlos era el que más series tenía: desde la década del veinte hasta la década del setenta, de todas tenía alguna, pero las tenía incompletas. Y además tenía una moneda de 1885 que había heredado de uno de sus abuelos. Víctor en cambio era menos constante en la exploración y tenía muy pocas series, pero tenía una completa y muy difícil: era una en las que el metal de las monedas tenía un color amarillento y a los lados de cada número que expresaba el valor tenía el relieve de una espiga de trigo y de una cabeza de vaca. Esta situación; la de no poseer una serie completa y que su amigo poseyera una sin esforzarse tanto como él, a Carlos lo desesperaba internamente, lo inquietaba, y entendía que su molestia no era contra Víctor sino contra él mismo, contra su suerte y hasta, él pensaba, contra su habilidad para buscar monedas.

Con esa tensión interna que poseía Carlos sobre el tema y de la cual Víctor intuía algo porque se instalaba entre ellos como una materia viscosa y transparente cada vez que se encontraban para la búsqueda pero no llegaba afectarlo de una manera contundente, recorrieron las calles del barrio durante muchos años aunque hiciera un calor aplastante en verano o recién terminara de llover en invierno.

 Con el paso del tiempo, las búsquedas juntos se fueron haciendo cada vez más raras: raras por lo poco frecuentes y también porque era raro ver a dos muchachos de barba, con mochila de estudio y maletín de oficina, con zapatillas urbanas y zapatos de vestir, con chomba de piqué y camisa con corbata, separando en silencio piedras con la punta del calzado, mirando el suelo con atención.

La última vez que recorrieron una calle de tierra juntos fue a la edad de 25 años. Se habían juntado con sus otros dos amigos de la infancia a pasar un día de asado, tragos y charlas en la casa de Víctor: el único de los cuatro que todavía vivía en el barrio donde habían crecido. Para bajar la comida salieron a caminar sin rumbo, con ese paso oscilante de la charla que aleja y acerca a los caminantes según la distribución azarosa de las piedras y los objetos para patear, hasta que el asfalto se terminó de golpe y comenzó una calle de tierra. Una que habían caminado cientos de veces y de las pocas que sobrevivían todavía en el barrio y a la que seguro no le faltaría mucho tiempo para ser pavimentada. Mientras la charla continuaba con el tema que ya estaba instalado, Carlos y Víctor adoptaron, con la obediencia de quien recibe una orden superior imposible de desacatar, la postura necesaria para la búsqueda de monedas: cabeza gacha, silencio total, la vista atenta escaneando de izquierda a derecha mientras avanzaban, y la punta del pie separando la mugre. Sus otros dos amigos nunca registraron este movimiento ya que esta actitud les parecía totalmente normal en sus compañeros. Víctor recogió algo y Carlos lo miró con atención girando la cabeza para el costado sin levantarla. Estuvieron los dos en esta posición varios segundos, pero enseguida revoleó lo que había encontrado. Caminaron así los cuatro hasta el final de la calle donde comenzaba nuevamente el concreto y otra vez volvieron al deambular oscilante de amigos que caminan y charlan pateando objetos.

—¿Cómo andás Carlos? Vení pasá, no te quedés ahí. —Carlos entra y al pasar bajo el dintel de la puerta de la habitación de Víctor inclina levemente la cabeza con un gesto de persona alta que está acostumbrada a hacerlo.

—¿Ya almorzaste? —Pregunta Carlos a modo de saludo.

—Todavía no. Seguro en un rato me traen la comida.

—Estás como querés, no te podés quejar —los dos se ríen exhibiendo los dientes, por algo que saben que no es tan gracioso.

—¿Averiguaste algo? 

—Sí, sí —responde Carlos afirmando dos veces, señal de que está algo nervioso o tal vez ansioso —es una calle de San Nicolás que todavía tiene escoria como las que tenían las nuestras.

—¿Y te vas a ir hasta allá?

—“Vamos” a ir hasta allá —dice Carlos reforzando el plural. —¿Cuánto hace que no recorremos una calle juntos? 

—Te regalo mi serie completa, yo ya no la voy a necesitar. Si la guardás vos va a estar en un buen lugar. Además siempre le tuviste ganas.

—¿Qué boludez decís? De ninguna manera. Vamos los dos juntos y de paso nos tiramos un día en la ciudad. ¿Querés? Hacemos turismo gastronómico.

—Pero yo no sé cuando voy a salir de acá, Carlos. Andá vos y después me contás. O andá con Aldebarán. Vos sos su ídolo. Si le llego a decir que lo necesitás para una búsqueda lo tenés mañana a la mañana con el auto en la puerta de tu casa.

—¿Vos decís?

—Yo digo.

—Vamos a hacer una cosa: esperamos hasta a fin de mes, y si a fin de mes todavía no saliste, voy con Aldebarán ¿te parece bien?

—Dale, me parece perfecto. No le digo nada porque se va a poner muy ansioso.

—No, no le digas nada. Yo te espero hasta fin de mes.

—¿Sabés algo de los chicos? Por acá no pasaron todavía.

—¡Pero mirá que yo les dije! ¡Qué colgados que son, por favor! Yo tampoco los vi, para serte sincero.

—No pasa nada, seguro estarán con sus cosas. Si hablás con ellos deciles que traigan un Jameson, que me muero por un trago.

—¡Pero te traigo yo carajo! Mañana paso y…No mañana no, va tener que ser pasado o ya el fin de semana. Pero bueno, yo te traigo, quedate tranquilo.

—Dale, no hay problema.

—Bueno Víctor, querido…

—¿Ya te vas? Te quería mostrar algo que encontré…pasame el celular.

—Es que está Sandra abajo, en el hall, esperándome.

—¿Y por qué no le dijiste que suba?

—Y…¿viste cómo es ella con estos lugares…?

—No, no sé. ¿Cómo es?

—…

—¡Te estoy jodiendo boludo! Escuchá, escuchá ¿Conocés esto?

Una canción comienza a sonar en el teléfono de Víctor. Suena aguda, sin ser chillona, pero completamente falta de graves y de color. Carlos se pone de pie para irse, pero se queda al costado de Víctor mirando la pantalla del celular para escuchar mejor.

—¿La de 20 es la que te falta? —Pregunta Víctor.

—¿Cómo?

—Que si la de 20 es la que te falta.

—Sí, la de 20. Pero encontré en un blog que en San Nicolás están apareciendo muchas de esa serie, por eso quiero que vayamos para allá.

—La vas a encontrar vas a ver. La primera que encontré de esa serie fue la de 20 casualmente. En la calle de tierra que daba a la parroquia.

—Sí, sí, me acuerdo bien. Te odié por esos días. Te la encontraste volviendo del colegio para tu casa. 

—¡Odiar! Qué sentimiento pesado.

—Y sí, es lo que sentía. Pero viste que cuando uno es chico el odio y el amor son bastante parecidos. Después cambia la cosa.

—¡Andá! ¡Andá! Que la bronca que debe estar juntando Sandra dudo que se parezca al amor.

—Dale, nos vemos a fin de mes.

—¿Antes no vas a pasar?

—Sí, seguro que sí, pero quiero decir que a fin de mes nos vemos para escaparnos a San Nicolás.

Siempre que Carlos entra a la ciudad busca con la mirada, hacia la derecha, los edificios de la acería, las torres de los hornos, sigue con la vista el tendido de cables de alta tensión hasta que se  meten en los transformadores y, una conexión, se cierra en su cabeza. Uno de los extremos de esa conexión son las zapatillas de su infancia pateando las piedras de escoria de las calles de tierra de su barrio. El otro extremo es la génesis de esas piedras que flotan en la superficie del hierro fundido, que de tan caliente es blanco, y que suben y bajan por efecto de las corrientes como si se tratasen de hojas leves en un estanque. Cuando la conexión se cierra, algo en su interior se ordena. 

Estacionan el auto en la calle De la Nación 80 y caminan buscando un café donde reponerse del viaje y organizar los próximos pasos. Carlos se pide un jugo de naranja con un tostado y Aldebarán un expreso doble y amargo. “Como tu padre”, le dice Carlos. Aldebarán sonríe y tomando la taza con las dos manos, acerca la cabeza hacia la mesa hasta alcanzarla con la boca. Tiene los pelos largos y enmarañados y una contradicción en su rostro ancho y anguloso que nace de la juventud de su piel lisa, algo rosada y aniñada y lo abundante de su barba de varios días. Los dos hombres no dicen nada. Todo lo que podían hablar lo hablaron en el viaje de dos horas desde Buenos Aires. Aldebarán le muestra el celular a Carlos y los dos confirman la calle. Tienen que ir en contra del río, por la ruta que entraron a la ciudad.

Cuando llegan a la calle de tierra, Aldebarán estaciona el auto en la cuadra previa de asfalto y caminan los pocos metros que los separan hasta el final del concreto. Falta un rato para que sea el mediodía y el sol de octubre cae manso y pesado como una frazada húmeda sobre las cabezas de los dos. Al momento de pisar la tierra, los dos hombres adoptan la postura de búsqueda: cabeza gacha, mirada fija contra el suelo barriendo de izquierda a derecha, cada uno ocupando una mitad de cada lado de la calle y, con la punta del calzado, separando piedras. La calle tiene tres cuadras de largo y al final termina en un terreno. El plan es recorrerla de una punta a la otra, de ida y de vuelta. La calle es una calle de barrio. A los costados hay casas, entradas de autos, canastos para la basura, perros en las puertas, y las veredas no son transitadas. Una mujer que llega en bicicleta se queda mirándolos mientras abre para entrar a su casa y se mete con apuro. A los pocos minutos, de la misma casa sale un hombre y les pregunta si perdieron algo. Carlos y Aldebarán no consiguen armar una respuesta. Inhalan los dos para darle fuerza a su argumento, pero no les sale nada. Saben que no son de allí. Que no hay nada que puedan haber perdido. Que la delincuencia está a la orden del día en todos lados. No hay nada lógico ni convincente que puedan decirle al hombre que, con razón, se preocupa por dos hombres que caminan muy lento mirando para abajo como si estuvieran merodeando. Entonces Aldebarán le dice lo único posible en esa situación: la verdad. “Estamos buscando monedas, señor”. El hombre los mira unos instantes con las palmas de sus manos apoyadas en la parte de atrás de su cintura, asiente dos veces con la cabeza y se mete nuevamente en su casa. En cuanto el hombre desaparece, Carlos encuentra la primera moneda de la jornada. Es de 50 centavos, color gris opaco a causa del envejecimiento y la intemperie, y en los bordes está oxidada. Es de 1955 y tiene el retrato del General San Martín ya viejo. Si bien no es la que busca, la cara se le ilumina porque comprueba que la calle tiene potencial. Aldebarán se acerca y lo felicita como si hubiera hecho un gol en un partido de futbol 5 amateur. Por un rato, que es breve, los dos hombres se relajan un poco. Miran la moneda, la inspeccionan la dan vueltas para todos lados: sonríen. Hablan con soltura en un intercambio fluido de comentarios: los dos saben que por el año de esta moneda que encontraron, hay muchas posibilidades de que den con la que buscan. En cuanto Carlos la guarda en el bolsillo de su pantalón, adoptan nuevamente la postura de buscadores.

Al llegar al final de la calle, contra el alambrado del terreno baldío, hacen algunos movimientos para estirarse, abren los brazos como un par de nadadores a punto de largar una carrera y recorren con la vista los alrededores: un patrullero de la policía bonaerense viene en dirección hacia ellos por la calle asfaltada a muy baja velocidad.

—¿Qué hacemos? —Pregunta Aldebarán.

—Seguimos. No estamos haciendo nada malo. Si nos preguntan algo nos identificamos como coleccionistas, como hiciste vos con el viejo. —Aldebarán asiente con una sonrisa y se largan nuevamente a la búsqueda pero en sentido contrario.

Al finalizar la primera cuadra de regreso, el patrullero los alcanza. Carlos ignora su presencia y Aldebarán se agacha para recoger algo. En dos pasos, Carlos se pone a su lado mientras uno de los oficiales baja del patrullero y les pregunta qué están haciendo.

—Somos coleccionistas de monedas antiguas, oficial —responde Carlos.  

—Permítanme los documentos, por favor —ordena el policía. —¿Y las buscan tiradas por la calle? —el oficial lanza su pregunta sin mirarlos, revisando los documentos por todos lados.

—Así es oficial, no coleccionamos monedas que se compran sino monedas que se encuentran.

—¿Y se vinieron hasta acá a buscar monedas? Es un poco raro, ¿no le parece?

—¡No! A quién se le ocurriría una cosa semejante. Hicimos una visita técnica a la acería y aprovechamos el tiempo libre para practicar el hobby.

—¿Para qué? —preguntó el policía.

—Para buscar monedas —se adelanta Aldebarán.

—No se demoren mucho tiempo porque los vecinos se preocupan cuando ven desconocidos dando vueltas y nos llaman a nosotros —ordena el oficial devolviendo los documentos con gesto de insatisfecho.

Todavía quedan dos cuadras por delante pero el ánimo de Carlos quedó herido. O herido no, Carlos se quedó extrañado. Con la sensación de no saber qué es lo que está haciendo allí. Cómo llegó allí. Qué situaciones lo llevaron a estar buscando monedas en una calle de tierra a doscientos kilómetros de su casa con el hijo de su mejor amigo. Tal vez una serie de monedas incompleta desde que era chico, pero tampoco es eso. Es el deseo de caminar una vez más en silencio con Víctor y volver a tener todo el tiempo por delante. Mientras el patrullero los llena de polvo en su retirada, Aldebarán se agacha nuevamente para recoger algo: entre sus dedos índice y pulgar, una moneda de 20 centavos con una espiga de trigo y una cabeza de vaca reluce con el brillo de no haber estado tirada en una calle de tierra por muchos años. 

Por Christian Olmos

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