Ante la Cruz
Llora de gratitud mi corazón
al contemplar en esa cruz tu sufrimiento.
Jesús nazareno, rey de los judíos,
cargaste mansamente mis culpas en el madero
y muriendo una vez para siempre
me entregas la vida que jamás merecí.
Conociste mi condición irremediable
ante las demandas de tu santa justicia,
me viste avanzar con paso apresurado
hacia la horrible sentencia
que no supe en mi ceguera discernir.
Pero fue la voluntad tan sabia del Padre
el entregarte en rescate suficiente
por pecadores tan indignos como yo.
Y hoy miro la corona tan infame
que tejieron los malvados con espinas
lastimando tus sienes al poner en tu cabeza.
Mi propia maldad también se hinca en tus carnes.
Sangran tus manos horadadas por los clavos
en un gesto supremo de amor sin medida.
Esas manos que sanaron los enfermos,
que brindaron amor sin jamás descansar.
Manos divinas que sólo sirvieron:
Habrá otras que den tanto a los hombres?
Casi me asombra tu mirada tan serena
con que escudriñas a los villanos que te insultan;
me conmueve tu padecer tan estoico,
consciente del precio que viniste a pagar;
y quebranta mi pecho atormentado
el gesto tan sublime de alguien como tú
que supo vivir victorioso en la perfección:
“Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.
Desde la eternidad has guardado mis pasos
aguardando el tiempo de venir a mi encuentro,
pues aún antes de que fuese pecador
ya estaba presente en tu memoria.
Cruzaste el abismo tan profundo
que me apartaba de tu santidad incomparable,
que me separaba de tu gloria incorruptible.
Sufriste el desprecio y los azotes
que laceraban tu espalda dolorida.
Varón de dolores, experimentado en quebranto:
la lección más valiosa enseñaste a los hombres.
Qué son aquellas horas de mortal angustia
saldando una deuda que nadie podía pagar?
Se transforma en gozo indescriptible
aquel dolor injusto con amor padecido.
Hoy se ven los frutos brillando cual antorchas
en este mundo que vaga en tinieblas,
multitudes incontables de perlas rescatadas
que visten ropas blancas esperando corona.
Confiando en esa sangre preciosa
que vertiste en la cruz cargado de ignominia
hoy obtengo el perdón tan valioso
que me ofreces cual presente sin igual.
Y puedo contemplar la eternidad gloriosa
en que las huestes del mal
habrán sido para siempre aplastadas.
La inmundicia ha quedado en el pasado
y hoy marcho jubiloso esperando el galardón.
Alberto Cirkov


