La salida
Esta soledad tan transitada
Tan concurrida…
Atiborrada de caras que nada expresan,
De voces que callan,
Silencios que ensordecen,
Miradas que no ven,
Bocas mudas de un “te quiero” nunca dicho…
En mi soledad ya no hay espacio
Para tantos ni tanto ruido
¡Shh!… ¡Silencio!…
Quiero escuchar el viento…
Necesito creer que ya no me habito.
Me pesa el cuerpo ¡tan terrenal!
Quiero volar sin lastre. Ser sin ser…
Perder el hilo de Ariadna
Construir mis propias alas.
¡Volar! No tan alto que Febo me hiera,
Ni tan bajo…ni tan bajo como me siento ahora,
Herida desde adentro.
Vaciar las horas de cada uno
De sus interminables sesenta minutos.
Las semanas de sus aletargados días,
Los años de sus agobiantes meses…
Dejar todo tendido al sol… ¡que se ventile!
Y después que haya volteado
La última página de mi libro de arena,
Recién después y sólo entonces,
Volver a poner cada cosa en su lugar,
Volver a llenar cada espacio
Poco a poco, sin agobiarlos otra vez, sin agobiarme.
Andando caminos ya recorridos,
Reconociendo miradas ya encontradas,
Voces, sonidos, colores, ¡todo nuevo!
O Renovado, con la cara lavada.
Volver a vivir… o seguir viviendo,
Con la esperanza recién lustrada.
No olvidaré izar mi vela blanca.
Laura V Irigoy.
de “Tejedores de hebras”. Ed Dunken


