Barrilete de plomo
Hasta no hace mucho había en El Talar un espacio verde enorme formado por cuatro
manzanas. En una punta de ese conjunto estaba (y sigue estando) el colegio técnico o mejor dicho “La Técnica”, en la otra punta una casita antigua deshabitada y después, todo el descampado.
Lo curioso eran dos árboles como única saliente en la llanura baldía que se encontraban justo en el centro del terreno. Precisamente allí, al lado de los árboles, vos y yo remontábamos barriletes. Tu barrilete preferido era uno del hombre araña, muy liviano y resistente, pero difícil de manejar.
Pasamos muchas tardes agregándole colas más largas o más cortas, hechas con tiras de sábanas viejas hasta que un día vos corriste mientras yo lo sostenía y, con el primer tirón que le diste al hilo, el barrilete subió recto como llevado por una mano enorme que ascendía desde el suelo.
El viento era tibio y suave, serían los últimos días de la primavera. Cuando el viento se encargó de sostenerlo en el aire, dejaste de correr y lo miraste asombrado mientras me gritabas a mí para que también lo mirara: ¿cómo iba a estar ajeno a ese momento de felicidad?
El barrilete se sostuvo en el aire durante mucho tiempo: años. Reconozco que muchas veces se zamarreó para todos lados y parecía que ya se caía. Otras veces se mantuvo sereno, tranquilo, en ese punto en donde el hilo cuelga flojo haciendo una panza
desde la altura porque es el viento franco y firme el que lo mantiene.
Pero hubo un día en que habrá sido el viento tibio que dejó de soplar o el piolín que no
aguantó más, que el barrilete se vino abajo como si estuviera hecho de plomo. Y como no hay instrucciones para remontar un barrilete de plomo, empezamos a tironear con torpeza, a correr a destiempo, a desaprovechar los vientos amables. A intentar, cada uno por su cuenta, remontar algo imposible de que vuele.
Tal vez sea hora de construir uno totalmente nuevo, de cero, con otros materiales elegidos por los dos. Uno que yo pueda sostener con mis brazos que se van cansando con el peso de los años y con un hilo resistente que soporte los embates de los vientos intensos de tu juventud.
No veo la hora de verlo volar de nuevo.
Julio 2025
Christian Olmos


