La Pared
Sólo un mundo estrecho tenía el hombre por morada,
elevarse no podía porque faltaban sus alas,
el tic-tac de mil relojes sus sienes aturdía
y mil engranajes su garganta apretaban.
Anhelaba él escapar del horrendo presidio
que alargaba sus días de cruel sufrimiento.
Pero una pared había que su paso cortaba,
un muro de granito que frustró su libertad.
Entre cantos de mirlo y fragancia de flores
había del otro lado un hombre que era feliz.
Su tiempo sin límite ha sabido disfrutar
entre sorbos de aurora y bocados de mujer.
Dulces racimos de paz su espíritu recogía
y cien nevadas de amor a sus puertas cayeron.
Mientras aquí una copa de vinagre tomaba
quien sediento buscaba sin hallar manantial.
Alienado este hombre agachó su cabeza,
una burla de granizo en monedas le caía;
tantas cayeron al fin que su andar entorpecían
mas avaro ni una sola con los suyos compartió.
Ignorante ha vivido del dichoso secreto
que el muro invencible supo por siglos guardar.
Atravesarlo no podía, tampoco derribarlo.
Más conoció un día lo que tanto ocultaba.
Caminando entre sueños susurró alguien la verdad,
tal vez pájaro o duende que vino del otro lado.
Comprendió aquel hombre que todo horizonte
y toda dicha estaban más allá de esa pared.
Quiso pelear entonces hasta alcanzar la victoria.
Miró el cielo y quiso trasponer ese escollo.
Sólo quien mira a lo alto puede al sol vislumbrar.
Sólo quien aprende a volar puede cruzar la pared.
Alberto Cirkov


