Cuento

Cuento

—Necesito un cuento que no trate sobre amor. Ahora.

—Sí, ya mismo.

Es el quinto día enterrado en esta trinchera. Anoche llovió tanto que mis piernas están hundidas en barro y agua. Sostengo el fusil, al que solo le quedan dos balas. Escucho el silbido de las bombas cayendo del cielo y las ráfagas de ametralladora iluminando la noche. 

El sargento le avisó al general que este puesto no iba a poder defenderse. La soberbia del general nos mandó a nosotros a morir por la patria. De diez soldados ahora quedo yo solo. Escucho pasos acercándose entre el barro. Palpo mis bolsillos y saco una carta arrugada. Me la sé de memoria, pero ver las letras que ella escribió produce algo raro en mi cabeza. Como si pudiera verla. Tan linda. Tan clara. La carta empieza diciendo: “No importa lo difícil que sea, por favor volvé a casa…”

—¡Ey! ¿Qué hacés? Te estabas yendo para cualquier lado. Te dije que no escribieras sobre amor, ¿o no?

—Sí, perdón. Puedo intentarlo de nuevo.

Meto la cuchara en la tierra y saco otro pedazo. Cuchara, barro, saco. Así miles de veces en la noche, hasta escuchar la sirena del penal. Esa es mi señal para volver. Gateo por el túnel que hace meses vengo cavando. Llego a mi celda. Escondo la cuchara bajo la cama y espero acostado la rutina de siempre: el guardia golpeando barrotes, el comedor, el patio, las duchas, otra vez la celda. Espero mi señal. Velásquez, el preso de la celda 13, no puede dormir si todavía hay guardias dando vueltas. Pero cuando duerme ronca. Y cuando escucho el primer ronquido, saco la cuchara, vuelvo al túnel y sigo cavando. Según mis cálculos ya no falta nada. Entonces la siguiente cucharada de tierra me regala un soplo de aire fresco. Lo respiro lentamente. Y como siempre pienso en vos, al fin voy a poder salir de este agujero e ir a buscarte.

—¿Me estás cargando?

—¿Qué?

—¡Lo hiciste otra vez!

—No fue a propósito.

—Parece que no sabés escribir otra cosa.

—Dejame intentarlo una vez más.

Una descarga explotó el módulo de comunicaciones mientras reparaba la nave. Salí expulsado al vacío. Ahora estoy a la deriva en medio del espacio, atado a un cable que cruje cada vez que intento moverme. Giro lentamente mientras trato de llamar por radio. La explosión fue tan fuerte que destruyó la antena. Giro y veo lo negro, el planeta Tierra, lo negro otra vez, el planeta Tierra otra vez, una y otra vez hasta que el tambaleo finalmente se detiene. Desde esta altura el planeta parece pequeño, frágil, como si pudiera caber en la palma de mi mano. Veo fragmentos de la nave flotando alrededor mío. La radio escupe interferencia. Entiendo que me quedan pocos segundos de oxígeno. Entiendo lo que va a pasar después. Entonces, en medio de la estática, creo escuchar su voz. Me dice: “Te amo”.

—¡Sos un imbécil!

—Ey, no me insultes.

—Te pedí un cuento sin amor y hacés esto. Parece que me estuvieras provocando.

—¡Está bien!

—¿Qué?

—Te voy a dar un cuento sin amor.

—¿Y esto?

—…

—Te pedí un cuento que no trate sobre amor y me entregás una página en blanco.

—¿Acaso no es lo mismo?

Hugo Frankenstein
Rita Frank: @cuentistaborder